En el escenario de la política peruana, la entrevista a Napoleón Becerra se transforma en un ritual de palabras que no solo denuncian, sino que invocan fuerzas invisibles. Lo que en la pantalla de YouTube aparece como un diálogo, en el territorio de nuestros hombres de a pie, se convierte en una aspiración colectiva, en un llamado a los espíritus de las empresas perdidas, de los trabajadores olvidados y de los jóvenes que aún sueñan con un país distinto.
El banquete de los fantasmas privatizados
Cuando Becerra habla de las 222 empresas vendidas, las paredes del estudio se llenan de sombras: fábricas que alguna vez respiraron humo de progreso, locomotoras que aún silban en la memoria, trenes chatarra, obreros que caminan como espectros con sus herramientas oxidadas. Cada palabra del candidato convoca a esos fantasmas, que se sientan alrededor de la mesa como invitados de un banquete interminable. Allí, Petroperú aparece como un anciano sabio, con barba de petróleo y ojos de fuego, resistiéndose a ser vendido como si fuera un caballo cansado en la feria.
Los trabajadores como semillas
El Partido de los Trabajadores y Emprendedores no es solo una organización política: en este relato se convierte en un bosque. Cada militante es una semilla que germina en la tierra árida del desencanto. Cuando Becerra dice “a puro punche”, los troncos se estremecen y las raíces se entrelazan, formando un tejido vivo que sostiene al país. Los federados municipales, los de salud, los de universidades, se transforman en árboles que dialogan entre sí, compartiendo savia y memoria.
La corrupción como un cáncer mítico
La corrupción, ese “cáncer” que menciona, no es solo una metáfora: en este editorial se vuelve una criatura mitológica, un dragón que habita en los sótanos del Congreso y del Poder Judicial. Sus escamas son billetes, sus fauces escupen contratos amañados, y cada vez que un juez “arregla”, el dragón se alimenta y crece. Becerra, con su voz, intenta invocar a los jóvenes profesionales como caballeros modernos, armados no con espadas, sino con diplomas y concursos públicos, para enfrentarse a la bestia.
La seguridad ciudadana como epopeya
Cuando promete acabar con la delincuencia en seis meses, las rondas campesinas de Cajamarca aparecen como héroes míticos, guardianes que vigilan con ojos de cóndor y pasos de jaguar. Los licenciados del ejército se convierten en guerreros de luz, entrenados en tres lunas para custodiar las calles. En este relato, las comisarías son castillos embrujados donde los comisarios pactan con el dragón de la corrupción, y la propuesta de Becerra es un hechizo para romper esa cadena maldita.
El fondo del emprendedor como lámpara mágica
La reactivación económica se dibuja como una lámpara de Aladino que, al frotarse, libera un genio con rostro de obrero y manos de emprendedor. Ese genio ofrece créditos al 1.5% de interés, pero no en cifras frías: los entrega como semillas doradas que los pequeños comerciantes plantan en sus puestos de mercado, y que florecen en abundancia de panes, frutas y artesanías.
Por un gobierno de todas las sangres
Al final, cuando Becerra cita a José María Arguedas, el estudio se convierte en un río multicolor donde confluyen todas las sangres del Perú. Los jóvenes que no estudian ni trabajan aparecen como aves migratorias que, al ser convocadas a los institutos, despliegan sus alas y llenan el cielo de esperanza. El símbolo del partido, el abrazo de la fraternidad, se convierte en un puente de fuego que une a los pueblos, prometiendo que esta vez la política no será un robo, sino un acto de decencia.
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