FELIZ DIA DEL PADRE

Publicado el 22 de junio de 2026, 1:29

En la ciudad de Jaén, allá donde el calor de Cajamarca no solo entibia la piel sino que evapora la frontera entre lo vivo y lo eterno, las noches huelen a café tostado y a misterio. Para el mundo exterior, el de los periódicos impresos y los discursos de plaza, Napo era la viva imagen de la sobriedad: el hombre de traje impecable, de ceño fruncido por el peso de los compromisos políticos y las promesas por cumplir. Pero los que de verdad supieron descifrarlo sabían que esa formalidad era solo un ropaje prestado para el día.

Su verdadera esencia, aquella que desafiaba a la mismísima muerte, se revelaba cuando el sol se ocultaba detrás de los cerros.

La mítica sala de billar de Jaén —la misma que se aprecia en el fondo de la imagen— no era un negocio cualquiera; era un portal del tiempo. Al cruzar la puerta, las luces amarillas sobre las mesas verdes parecían constelaciones en miniatura.

Aquella noche, el eco de una risa familiar retumbó con la fuerza de un trueno silencioso. Quienes miraron hacia la mesa principal no se sorprendieron al ver que el taco de billar no se movía solo: lo sostenían unas manos invisibles pero certeras, las manos de Napo, recreado en su eterna juventud tal como inmortaliza la foto caricaturizada por nuestro canal.

Allí estaba él, despojado de los protocolos de la política, vistiendo la calidez de los momentos sencillos. En ese rincón de Jaén, Napo no era el líder; era el amigo que le daba razones a la vida para ser vivida con gozo. Los tiza-azules pintaban el aire cada vez que recordaban sus hazañas en el fulbito de barrio, esas jugadas maestras que terminaban en abrazos sudorosos y en brindis con cerveza helada.

"La política divide a los hombres, muchachos, pero una mesa de billar y una pelota de fútbol los vuelve a unir", parecía susurrar el viento entre el choque de las bolas. Y las paredes dejaban leer un mensaje que contrastaba con nuestras simpáticas apariencias ante la sonrisa de todos: "El billar es un juego bonito jugado por gente fea".

La bola roja se acomodó en el centro del paño azul. Un golpe seco y perfecto resonó en todo el salón. Las tres bandas se cumplieron con una precisión geométrica que desafiaba las leyes de la física, como si el propio espíritu de Napo guiara la trayectoria desde la eternidad. Los amigos presentes, con los ojos empañados por la nostalgia y la magia del momento, levantamos imaginariamente las copas y brindamos por el Día del Padre, porque Napo no se ha ido. Mientras en Jaén exista un juego de billas, una tarde de fulbito y un grupo de almas dispuestas a disfrutar de la vida con la pureza de los hombres de bien, su recuerdo seguirá vivo, flotando feliz, eterno y libre en la calidez de su tierra.

JCR

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