Celebrar la vida cuando el corazón aún viste de sombras es un acto de fe que desafía la lógica de los hombres. Para el Partido de los Trabajadores y Emprendedores (PTE), este aniversario no es un evento de calendario, sino un rito de paso. La partida de Napoleón Becerra García hacia el infinito no ha dejado un vacío, sino una presencia que flota en el aire, tocando la fibra más íntima de sus correligionarios. En esta recta final hacia las urnas, el luto no es parálisis; es el silencio necesario antes de que estalle la cosecha.
Frente a las "potencias de cemento" y los liderazgos que se pesan en lingotes de oro o "plata como cancha", surge la figura de Napoleón como un mito humanista. Su mensaje trasciende el ruido electoral porque no se compró con dólares, se amasó con sentimientos. Mientras otros construyen castillos en el aire con promesas vacías, él descendió a los pueblos que el propio olvido había decidido olvidar. Napoleón fue la otra cara de la moneda peruana: la que brilla con la dignidad del sudor y no con el brillo falso del poder.
Dicen los que saben que Napoleón no aró en el mar. Sus bueyes trazaron surcos profundos en la tierra viva de sus candidatos al Congreso, a las regiones y a las alcaldías. Sus sueños no eran quimeras; eran los sueños de vapor del emolientero, el rugido del motor del microbusero, el grito valiente del cobrador y la fe silenciosa del agricultor.
Hoy, esos sueños son edificios invisibles que se levantan sobre los pasos de nuestra gente de a pie. Son los mismos caminos de polvo y esperanza que conducen a las Bambamarcas del alma, donde el líder no muere, sino que se multiplica en cada mano que trabaja y en cada voto que sueña con un Perú verdaderamente humano.
JCR
Crea tu propia página web con Webador