El viento de la jalca no solo traía el frío de las alturas, sino también murmullos de nombres antiguos. Esa tarde de 2026, las nubes sobre Cajamarca no eran grises, sino de un violeta encendido, como si los cerros mismos estuvieran conteniendo el aliento. En el centro de la ciudad, una marea humana aguardaba, pero no era una multitud común: se decía que, entre los hombros de los ronderos y los sombreros de paja de las campesinas, se divisaban también sombras de venados dorados y el brillo de lagunas que nadie había visitado en siglos.
Napo ya no era el niño que corría tras las ovejas con los pies agrietados por el frío. Ahora, el hombre que descendía de la camioneta vestía la misma sencillez, pero en sus ojos llevaba el brillo de quien ha conversado con las piedras. Al pisar el suelo de su tierra, sintió un sacudón bajo las botas; la tierra lo reconoció. No era un candidato presidencial cualquiera; era el hijo que regresaba para cumplir la profecía del "Abrazo Grande".
Mientras caminaba hacia el estrado, el realismo mágico que siempre habitó en los Andes empezó a manifestarse. A cada paso de Napo, de las grietas del empedrado brotaban flores de quinua de colores imposibles. La gente no solo gritaba su nombre; sentían que el aire se volvía más denso, más dulce, como si el aroma del pan de piso recién salido del horno inundara toda la plaza.
—¡Napo! ¡Napo! —rugía la multitud, y el eco no rebotaba en las paredes, sino que se elevaba hacia el Cumbe Mayo, donde los canales de piedra empezaron a cantar un agua cristalina que no existía minutos antes.
Al subir al escenario, Napo miró hacia el horizonte. Vio, o creyó ver, su propia infancia saludándolo desde la cima de un cerro lejano. El niño que fue, con su manta al hombro, le hacía una señal de aprobación. El candidato extendió los brazos y, en ese instante, el cielo de Cajamarca se detuvo. Los pájaros quedaron suspendidos en el aire y el ruido de los motores se apagó.
—No he venido por sus votos —dijo Napo, y su voz no necesitó micrófonos; resonó directamente en el pecho de los miles de asistentes como el latido de un tambor de tierra—. He venido a cerrar el círculo. El abrazo que soñé de niño no era para mí, era para que esta tierra dejara de llorar y empezara a cantar.
En ese momento, un fenómeno inexplicable ocurrió: la lluvia empezó a caer, pero no mojaba. Eran gotas de luz que, al tocar la piel de los cajamarquinos, borraban el cansancio de años de olvido. Los hombres de campo sintieron sus manos fuertes nuevamente, y las mujeres vieron cómo sus polleras se encendían con el brillo de las estrellas.
Ahora que está de moda que un cajamarquino asuma el máximo poder de mis ancestros, pensó, si supieran que aún no se ha cumplido la profecía que habla de un tal Napo que cual Manco Cápac retorna de la historia a refundar su milenario imperio.
El mitin no terminó con un discurso político, sino con un abrazo colectivo que desafió las leyes de la física. Miles de personas se fundieron en un solo latido, y esa noche, desde el espacio, Cajamarca se vio como un punto de luz tan intenso que eclipsó por un momento a la luna.
Napo, el candidato, el hombre, el niño eterno, se quedó allí, en silencio, mientras el viento le susurraba al oído que su camino apenas comenzaba. La presidencia no era un palacio en Lima; era ese instante mágico donde la esperanza, por fin, se volvía tan real como el aroma de la tierra mojada después de la cosecha. Aquella tarde de 2026, Napo no ganó una elección; Napo recuperó el alma de su pueblo, subió a los andes y está sentado a la derecha de Dios padre, iluminando a sus correligionarios desde las alturas, desde el infinito.
JCR
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